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miércoles, octubre 02, 2013

Elías Nandino no se olvida

Para Don Cellini,
que seguro lo apreciará,
aunque no nos conozcamos. 


Ya han pasado 20 años.
 
Un día (algunos meses antes) llegó a mi casa una revista vieja de teléfonos (Voces de México). La hojeé -yo siempre hojeaba todo-. En medio, había una enjuta sección de cultura, con unos cuantos fragmentos de un poema. Algunas semanas después, mi maestro de oratoria, en una de tantas pláticas después de la clase, mientras los demás jugaban basquet o futbol, mencionaba algo de un poeta, contemporáneo de Los Contemporáneos.
 
En mi vida suelen pasar cosas anodinas, pero sin las cuales no pasarían los más memorables momentos. Esos dos instantes, sin nada que ver entre ellos, son de los más representativos.
 
En esos meses de 1993 yo había dejado la secundaría, esa jungla desquiciante de la cual quién sabe cómo se sobrevive, pero que todos los días posteriores quisiera uno regresar a ella.
 
En la Biblioteca México, a las orillas de la Ciudadela, había puestos de libros viejos y revistas, y yo era "casi" cliente frecuente. Casi, porque siempre me paraba a husmear, incluso preguntaba precios, pero nunca tenía el dinero suficiente como para que los libreros y yo quedáramos satisfechos.
 
A veces, sólo a veces, podía llevarme una revista vieja. Hojeando una Macrópolis, salió una entrevista a Elías Nandino, como de un año antes. Las piezas se estaban uniendo, pero como siempre he sido despistado, seguía sin darme cuenta.
 
 
 
Luego ya caí en la cuenta que el apellido lo había oído antes. Claro, era el mismo que nos había platicado el maestro Jaime y, claro, era el mismo de esa revista usada que quién sabe cómo y quién sabe por qué llegó a mi casa, donde nadie más leía y donde ni teléfono había.
 
En la biblioteca busqué libros de Nandino, pero no había gran cosa. Uno encontraba a Og Mandino pero no a Elías Nandino; en la sección de Poesía, de la "M" uno pasaba directo a Neruda. Sin embargo, algo habré encontrado, porque a la siguiente clase le dije al maestro: "se acuerda del escritor que nos contó, pues en mi casa tenía una revisa vieja y en la revista vieja había un poema de él". Y pasó. Ya era una buena anécdota hasta ahí.
 
Pero luego de unos días más, semanas seguramente, mientras yo ya iba de salida -otra vez- de la Biblioteca México, curiosamente me encontré al maestro Jaime que iba tal vez hacia allá mismo.
 
Me dijo algo de que lo mandarían en unos días a Guadalajara a hacer un reportaje sobre las explosiones del año pasado. Tenía agendada una entrevista con el gobernador o algo parecido. Y así, como de pasada, salió algo de que Nandino vivía muy cerca de Guadalajara y que podría ir yo y pedirle una entrevista.
 
Los días siguientes los pasé esbozando preguntas. Para entonces, el tema Nandino ya no era nuevo, porque casualmente ya me había leído algunas otras entrevistas y al menos cuatro o cinco libros suyos, así que aunque nunca me había pasado por la cabeza la posibilidad de conocerlo y menos entrevistarlo, tampoco me había quedado sólo con su apellido infrecuente en la memoria.
 
 
 
En lo que no había reparado -nunca he sabido cómo hace uno para anticiparse a ese tipo de detalles-, es que a mis poco más de 15 años jamás había salido de casa, no tenía ni idea de dónde estaba Guadalajara y menos Cocula, y todavía menos sabía cómo iba a llegar con Elías Nandino y decirle "oiga, vine a entrevistarlo". Más aún, con qué dinero iba a pagar el traslado, el alojamiento, la comida.
 
Lo mínimo que debería haber hecho para esas horas era preparar una maleta y, supongo, avisar en casa. Pero no. Tenía más que listos unos libros y revistas, una pluma y varias hojas blancas con múltiples preguntas tachadas y numeradas. Y una mochila. Creo que era un miércoles por la noche cuando les dije a mis papás que al otro día, bien temprano, me iba a Guadalajara. Tres días. Más o menos. Y que si me daban algo de dinero, nada más para el pasaje.
 
Afortunadamente no había tiempo para pleitos, discusiones o mayores explicaciones, ya que no había hecho la maleta y de todas formas me iba a ir. Así que esa noche preparé ropa para tres días y nada más.
 
Llegué a Guadalajara por la tarde y ahí me esperaba el maestro Jaime. A él le pagaban el viaje en el periódico donde trabajaba y el hospedaje para ambos estaba apalabrado con el gobernador, oficialmente él era el reportero y yo el fotógrafo.
 
Al día siguiente, muy temprano, preguntamos cómo llegar a Cocula. Llegamos a Cocula y preguntamos cómo encontrar a Elías Nandino. Al principio nadie sabía, pero después de tres o cuatro personas alguien nos dijo que a unas cuadras estaba su casa. Llegamos, pero no era su casa; lo había sido cuando nació, pero ya no. Luego de preguntar otras más veces, nos dijeron que otras cuadras más para allá estaba una casa de cultura. Y fuimos.
 
En todos lados se llaman "casas de la cultura" o "casas del poeta", pero ahí era la "Casa de la Poesía". Tampoco era la casa de Nandino, resulta que unos años atrás la había donado al pueblo y él se había ido a terminar de vivir con una sobrina, varias, muchas calles más allá.
 
Pudimos tomar algunas fotos. Recuerdo un árbol de naranjas en medio del patio y en la parte alta una terraza desde donde se veían los tejados marrones de las casitas coculenses.
 
¿Y la casa de Nandino? "El doctor Nandino -nos dijeron-, esta muy grande (tenía 93 años) y ya no sale, pero si van a platicar con él le va a dar gusto". Nos llevó Jaime Hernández, exalumno suyo, que en ese entonces atendía la Casa de la Poesía.
 
Caminamos varias cuadras de banquetas estrechas y llegamos a una casita azul. Pasamos, preguntamos a la familia si podíamos hablar con el poeta. Le preguntaron y dijo que sí.
 
 
 
 
A gritos nos presentamos, saqué la grabadora prestada y empezamos a platicar. Nandino oía muy poco y se cansaba mucho. De tanto en tanto pedía que termináramos, pero unos segundos después se acordaba de algo, empezaba a hablar y la entrevista continuaba. Volvía a preguntarnos quiénes éramos y le volvíamos a decir. Así se nos fue la tarde.
 
Nos pidió finalmente que regresáramos al día siguiente. Estaba muy contento de recordar cosas y por lo visto algo dentro de su mente quería seguir recuperando nombres, lugares y fechas, aunque su cuerpo nonagenario se opusiera.
 
 
 
Mi maestro tenía también que regresar a trabajar. Yo ciertamente no, así que dije que volvería al día siguiente. Quién sabe cómo dimos después con un sobrino del poeta que tenía un hotel y que se ofreció a hospedarme por esa noche, para que no tuviera que regresar a Guadalajara y volver por la mañana. Y dije que sí. El maestro Jaime regresó a la ciudad, tenía que reportear. Yo me quedé a aprender qué cosa quería decir eso.
 
En los pueblos todo se sabe. Al día siguiente ya no pude ver al poeta -estaba indispuesto-, pero pasé toda la mañana entrevistando gente que quería contar su historia con Nandino. Resulta que medio pueblo se enteró que alguien del DF estaba en Cocula preguntando por el doctor Nandino. Para ellos era el doctor, no el poeta.
 
Los niños le decían "el doctor de los dulces" y había una pintura, que uno de ellos hizo, donde lo retratan en toda su generosidad con la gente de su pueblo. Me enseñaron fotos y periódicos de poesía que Nandino editaba y donde publicaba poemas de sus alumnos, a quienes les enseñaba a escribir poesía.
 
 
 
Una maestra de primaria, uno de sus últimos alumnos de sus talleres literarios, un sobrino médico, una abuelita que lo conoció de joven porque iban a las mismas fiestas. Alguien incluso mencionó que estudiaba Literatura en la Universidad y que ese día decidió que haría su tesis sobre Nandino. Vi también libros de su biblioteca personal, dedicados y firmados por sus autores. Yo la verdad no daba crédito a todo lo que me estaban contando, a todo lo que me estaba pasando.
 
Por la tarde regresé a Guadalajara con muchas cintas grabadas y varias hojas con apuntes. Ninguna foto, porque la cámara había regresado a Guadalajara en espera de un reportaje que nunca se concretó, por la agenda del político por el que originalmente había empezado el viaje.
 
Ahí en Guadalajara vimos un cartel -que posible pero improbablemente aun conserve en casa- del Premio Nacional de Periodismo Juvenil de ese año, dedicado a Elena Poniatowska.
 
No diré mucho más del viaje, excepto que los tres días se convirtieron en cinco, el funcionario que iba a pagar el hospedaje nunca apareció, la cámara iba a quedarse empeñada para pagar el hotel, las maletas iban a salir de incógnito por alguna ventana o de plano quedarse y, finalmente, mediante una espontánea, escurridiza y veloz huida, escapamos del hotel y de la ciudad de regreso al DF con todo y cámara, maletas y apuntes. Con mucha hambre también.
 
Todo eso fue en los primeros días de julio. En unos días cerraba la convocatoria al premio recién descubierto, pero si me apuraba podía meter la entrevista a concurso. Me apuré. Mi maestro acababa de tener dos hijos gemelos y me dejaba estar en su casa -a veces cuidándolos- toda la mañana, transcribiendo la entrevista y dándole forma.
 
No sé cuántos días habrán sido, pero yo tenía que llegar muy temprano a su casa, antes de que él, su esposa y los niños salieran; y me iba hasta la noche, cuando todos regresaban. Antes de irme, él revisaba pacientemente el texto y me hacía sugerencias.
 
Terminé justo un día antes del cierre de la convocatoria. Me inventé el pseudónimo que siempre me ha traído buena suerte desde entonces y entregué un paquete con las copias respectivas.
 
A finales de septiembre me avisaron que el texto había sido seleccionado por el jurado y que a los pocos días sería la premiación. Resulta que entre los otros ganadores estaba una poeta, Roxana Elvridge, que tres años antes había sido Premio de Poesía Elías Nandino. Ese año todo era Nandino, por lo visto.
 
Tenía pensado, con el premio, regresar a Cocula y agradecerle personalmente al doctor Nandino, pero ya no se pudo, porque cuatro días después falleció.
 
A decir verdad, Nandino siguió rondándome todavía después del 2 de octubre de su muerte. Por Roxana -aunque ella seguro no lo recuerda- conocí a otros poetas que lo recordaban con afecto, pero que no mencionaré porque ellos con mayor seguridad todavía menos me recuerdan.
 
Luego, leí otras entrevistas en otras viejas revistas, sus biografías autorizadas y no autorizadas, y comprobé que mi texto no tenía nada nuevo, nada sorprendente, ni original; pero eso no importaba, porque aunque probablemente muchas veces le habían hecho las mismas preguntas y él las había respondido de manera muy similar, ese fin de semana en que me lo contó todo, todos -él, yo, mi maestro, sus amigos- éramos parte de un momento que nunca más se iba a repetir.

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Poema Prefacio

No me importa
cómo juzguen mi vida,
yo traté de vivirla
haciendo estrictamente
lo que a ella apetecía.

No hubo deseo,
tentación o capricho
que no le realizara
con eficaz esmero.

Y fuera lo que fuera,
al tiempo de cumplirlo,
lo transformé en ensueño.

Por ella fui lascivo
y no he dejado puro
ni un poro de mi cuerpo.

Fue tal mi apego
a los desmanes
de su carnal orgía,
que a mis ochenta y dos años
de su infierno en ruinas
aún estoy creando mi poesía.

Elías Nandino. Erotismo al rojo blanco
1983

miércoles, agosto 01, 2012

Las cucarachas de la colonia Roma

Gordas,
rojas,
voraces,
dueñas de la calle
-de estas calles-.
En su minúsculo mundo
deben ser las asesinas
de insectos menores,
las que le roban la comida a las hormigas.
En nuestro mundo
-sólo un tanto menos insignificante que el suyo-
son las que gobiernan
a nivel de piso
por las tardes
y la noche entera,
hasta que la luz llega
con las pisadas gigantes
de la gente que sale de sus casas
y de más gente que entra a las oficinas,
como si de nosotros fuera
este territorio de restos de comida
-tributo que sin embargo ofrecemos cada día,
religiosamente,
a estas diosas grotescas
a quienes tanto tememos
porque nos sabemos hechos
a su imagen y semejanza-.


Fénix 36

jueves, octubre 23, 2008

Paréntesis Urgente

Interrumpo el letargo. Anoche volvieron a salir palabras de la pluma.

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Ventajosa
para qué, si ya sabes
Ventajosa,
me tocas con tus dedos imantados
–te sabes favorita de mi vida–;
tus ojos,
profunda inmensidad que me deshace,
océano incontinente de ternura.
Me dejas,
te vas porque sabes que no quiero,
que le harás falta a mis brazos esta noche.
Tu lengua,
Las huellas de saliva que no secan.
Tú, dulce, como sol de mayo,
Agua caliente con burbujas en la tina.
Las piernas
–las tuyas y las mías–
frente a frente,
susurros que proponen que te quedes,
explicas que tu tiempo y que tus cosas,
me dices que el futuro y tu familia.
No insisto,
conozco la estrategia.

Tú ganas.
Ya te quiero, por hoy, sólo esta noche.
Son tus manos que atrapan a las mías,
lo que piensas de mí y que no es cierto,
que rías, me reproches o te enojes.
Esos besos
con tus labios
entreabiertos.
Lo que imagino que será todo tu cuerpo,
el cabello en tu espalda y los temblores,
mi sudor con tu sudor incorporado.

Un instante,
eclipse de planetas encimados,
textura al rojo vivo de dos lavas.
El momento en el que bajes las espadas,
sin defensas aceptes que te quiera,
sin razones ni mañanas,
ni certezas, ni tristezas;
con tus tiempos y mis tiempos,
los imanes de tus manos,
mi impaciencia.

Fénix 36

domingo, julio 30, 2006

Un poema de Szymborska

Nada, sólo que encontré de casualidad un poemita que tenía guardado de la poeta polaca Wislawa Szymborska.

Resulta que hace unos años el FCE publicó un libro de ella, creo que era una antología.

El caso es que yo pasaba por la librería de Miguel Ángel de Quevedo (eran de esos días en que me la vivía en Chimalistac) y me dieron un folletín que invitaba a la presentación. Tenía un poema y cuando lo leí me gustó mucho. No pude comprar el libro, ni entonces ni nunca. Resulta que siempre que me acuerdo de ella olvido cómo se escribe su nombre y por más que busco libro por libro nunca la encuentro. Ahora creo que el libro está agotado y no se conoce mucho de su obra en México.

No creo contribuir mucho a su difusión con este post, pero creo que vale la pena que la lean. Por cierto, si alguien quiere hacerme un regalo, un libro de ella sería genial... jeje.

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Alabanza a mi hermana

Mi hermana no escribe poemas
y es improbable que de pronto comience a escribir poemas.
Le viene de su madre, que no escribía poemas,
y de su padre, que tampoco escribía poemas.
Bajo el techo de mi hermana me siento a salvo:
nada impulsaría al marido de mi hermana a escribir poemas.
Y aunque suene como un poema de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se ocupa de escribir poemas.

En el escritorio de mi hermana no hay poemas viejos
ni nuevos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a cenar,
sé que no tiene intenciones de leerme poemas.
Hace magníficas sopas sin esfuerzo,
y su café no se derrama sobre manuscritos.

En muchas familias nadie escribe poemas,
pero cuando lo hacen, rara vez es sólo una persona.
Algunas veces la poesía fluye en cascadas de generaciones
que ocasionan temibles corrientes en las relaciones familiares.

Mi hermana cultiva una prosa hablada decente,
toda su producción literaria está en tarjetas postales veraniegas
que prometen la misma cosa cada año:
que cuando vuelva
nos contará todo,
todo,
todo.


(1976)
Traducción de Oscar Aguilera F. © 1996

miércoles, febrero 15, 2006

Las de Filosofía


Estudiantes de Filosofía
Para Abigail, pensando en lo que no fue

Bellas mujeres imperfectas,
adolescentes de piel rosada,
niñas inexpertas de sonrisa coqueta,
se mojan el cabello rizado que les llega a los pechos,
estudian Filosofía o Arte Dramático,
juegan a que saben lo que dicen
y no importa su ignorancia,
su blusa blanca las salva,
la falda de colores, larga y entallada,
que lean a Bukowski y a Henry Miller a las cuatro de la mañana.

Una rubia de piernas largas y robustas
con sus ojos azules y recostada en la mesa;
otra joven pequeña de pantalones chiquitos, con trenzas,
toman café y encienden cigarrillos mientras hablan de Nietzsche.
En diez años serán profesoras o estarán casadas,
quien sabe si las dos cosas.
Éste es el momento adecuado de encontrarse en sus vidas,
de descansar a su lado y abrazarlas durmiendo.

Quiero para mi una de estas niñas adultas,
jugar con sus cabellos y quitarle la ropa,
perder el tiempo un día sin pensar en trabajo,
ir con ella a comprar libros de filosofía,
que me hable de Beauvoir con vehemencia,
aunque en el cine le fastidien las películas francesas.

Una de estas lindas imperfectas
que entre en la cafetería y se siente en mi mesa,
que espere a que termine de escribir sobre ella
y me pida que salgamos, que toda la tarde es nuestra.

Fénix 36

jueves, diciembre 22, 2005

Tres Borges, Dos Poemas, Uno Apócrifo

Tres Borges, Dos Poemas, Uno Apócrifo


Por supuesto, Borges es una de esas personas que hubiera deseado conocer o por lo menos ver pasar de lejos, como cuando solía llegar temprano a la Biblioteca México sólo para ver llegar a Jaime García Terrés y después leer alguno de sus poemas. Saber que acababa de pasar junto a mí resultaba emocionante, aunque nunca hubiese conversado con él.

Borges el personaje es lo único que está a la mano: el mito del hombre inteligente, lector incansable a pesar de la ceguera, Borges el memorioso, el culto conversador tímido...

Al pensar en Borges recuerdo dos poemas suyos; mejor dicho, recuerdo haberlos leído y recuerdo de qué trataban, pero no el título o dónde encontrarlos de nuevo.

Busco en internet: “Borges+rosa”. El primer poema que recuerdo habla de una rosa. Es un poema “culto” o “racional” que sólo Borges pudo escribir. Descubro que existe un poema titulado “La Rosa” que no es el que buscaba. El que recuerdo resulta que se llama “El Golem” y así empieza:

El Golem
Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.


Supongo que tiene que ver con cuestiones de fenomenología y misticismo y ahora que lo releo completo entiendo que hay alguna conexión con “El Nombre de la Rosa” y, no sé por qué, me remite también a “Pi, El Orden Del Caos”, de Aronofsky, supongo que por el tema de los judíos. Ya averiguaré más de esto en otra ocasión.

El otro poema siempre me pareció curioso, porque no suena a Borges, pero saberlo de él parece más inquietante que si fuera de alguien más. Busco nuevamente: “Borges+si tuviera”. Tampoco recuerdo el título, pero habla acerca de lo que haría Borges viejo si volviera a vivir.

¡Qué cosas! Resulta que el tal poema efectivamente no está comprobado que sea de Borges. Encontré un buen ensayo al respecto: “
Jorge Luis Borges, autor del poema 'Instantes'”. Por lo que entiendo, hay diversas inexactitudes, como el hecho de que en una entrevista es mencionado el poema, siendo que no tenía la edad que revela el texto en uno de sus últimos versos.

Es cierto que el poema pudo ser corregido y que a fin de cuentas en literatura no valen las verdades científicas ni las certezas históricas, pero además de esto y de algunas inconsistencias gramaticales del texto, impropias en Borges, lo más extraño es precisamente el tema del poema, hablar de una especie de arrepentimiento, de desear un Borges diferente, otro Borges, negar al personaje y al mito.

No obstante, estas características fueron las que me llevaron a recordar el poema, la carga moral surtió efecto, debo reconocerlo. He aquí el poema:

Instantes
Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.

Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.

Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.


Si toda la poesía de Borges fuese filosofía, ese poema en cambio es hasta cierto punto moral –o antimoral–: “vivan como yo no viví” o “no vivan como yo viví”, parece decirnos este otro Borges; ni siquiera tiene nada que ver con su antipersonaje de “Borges y Yo”, que qué bueno, encontré también por casualidad, aunque no fuese un texto que buscara:


Borges y Yo
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren preservar su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.



El poema apócrifo, según leo, apareció en la revista “Plural” en 1989 y además ha sido traducido y publicado en diferentes colecciones de poemas de Borges por investigadores especializados en su literatura. Como yo no sé mucho de literatura y además tampoco puedo decir quién sí lo escribió, seguiré pensando que ese poema es del mismo Borges. Total, para mí los dos o los tres son el mismo, ya que a ninguno conocí.

Y todo esto –Borges–, nomás porque la semana que entra conoceré su Buenos Aires. Estar allá será estar más cerca de Borges. Qué bueno.

lunes, noviembre 07, 2005

Vista Con Anteojos

Ramas crecidas, astilladas,
la niña morena
maligna
no deja que pasen las hormigas
niña del capricho y de la envidia
niña sucia, lengua fea,
niña trauma público
niña dolor exhibicionista
voz que canta
dientes que muerden
niña vestido de cuadritos
niña medicinas que no curan
niña mentiras, niña sonrisas
niña carcajada vulgar
niña ignorancia
niña “buena gente” que no es cierto
niña arpía
niña mejillas rosas
niña alegría
niña conveniencia, niña “lo que se te antoje”
niña metida en mi caja de madera
equivocación, pérdida de tiempo
niña úlcera gástrica
puerta abierta de mis tristezas.

Fénix 36

martes, mayo 24, 2005

Estoy Contento, Mal Poema

Estoy Contento, Mal Poema

Cuánto trabajo cuesta hablar de cosas buenas,

lo trágico casi siempre rima,

la tristeza tiene melodía

y el dolor se acomoda en cualquier línea.

Por eso, éste no puede ser un poema,

mucho menos uno bueno o que conmueva;

solamente es un pretexto, un acto de soberbia:

quiero que quede escrito de alguna manera

que estoy contento, que hoy las horas no me pesan,

que esta vez soy cascada,

corazón que se sale del pecho,

niño con cosquillas, sol de mayo, abeja.

No hay lluvias melancólicas, ni lunas llenas;

hay jardines regados con agua de manguera,

niñas con vestidos nuevos,

novias de labios pintados,

personas amables,

tardes frescas.

Que sirvan para los días de soledad violenta,

para las noches en vela y las horas de impaciencia

y, mientras, que no sirvan para hacer ningún poema.

Fénix 36

miércoles, septiembre 08, 2004

Rompecabezas

Los cipreses ensimismados a las cuatro de la mañana;
el polvo que me habita en los hombros cansados;
mi cárcel de desierto, profilaxis;
soy costra, sangre coagulada.

Los jardines de la casa, las hormigas;
comezón en la espalda para las uñas de los dedos;
una voz que susurra canciones ajenas;
mi vida, historia cancelada.

Los vapores de nuestros cuerpos sudorosos;
tus cabellos ondulados a la altura de tus pechos;
tus brazos largos y delgados;
tu espalda entre mis manos;
mi boca sedienta, la tuya manantial;
estertores dispares de una sola persona:
dos en eclipse transformados por segundos eternos.

El placer de beberte, mi rostro aprisionado;
tus piernas -las rodillas- sostén del juego;
mis ojos cerrados y los tuyos observando;
dos silencios detenidos, esperando en desespero;
un dolor de pecho, muy ligero, placentero.

Quedo sordo ante tus mieles,
satisfecho e insatisfecho,
vuelto nuevamente venas encrispadas,
epidermis hirviente,
soledad sin refugio,
súplica que convence.

El comienzo inventado de nuevo,
la memoria tatuada,
los derechos reservados;
tu presencia evaporada:
líquida Cenicienta,
cuento de hadas,
retazos de tela.

Fénix 36