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miércoles, octubre 04, 2006

El chileno otra vez, el pesado tren y el café de viejitos de Bucareli

Hoy no debería estar triste, pero estoy triste.

Ni la música entra en mis oídos, ni el trabajo atrasado me obliga a no pensar en mí, en lo que pasa, en lo que sigue pasando y no termina de pasar.

Como las vías de un tren, que presienten los vagones antes de que siquiera se acerquen, los resisten a su paso y aún cuando han terminado de cruzar por encima suyo, siguen temblando pero resistiendo. En mi caso, el tren está a mitad de paso y no termina de estar encima mío.

Pero hoy no había razón para entristecerse. En la mañana no estaba así. Ni ayer, siquiera.

Fue así, de repente, me empecé a sentir gris nublado. Puse música: rock, punk y surf, pero nada, hoy no la soporto.

Resulta que ando leyendo a Roberto Bolaño, nuevamente. Muy entretenidos sus cuentos de “Putas Asesinas”, con varias frases estupendas. Ayer pensaba en escribir en el blog sobre esas frases, pensaba que así podría actualizar el blog por una parte y por la otra escribir algo impersonal. Además, ayer no andaba ni triste ni desanimado.

Hoy, por hacer algo, volví a buscar a Bolaño en internet. Leí un textito de
Juan Villoro y otro de su amigo Antoni García Porta: “Ha muerto un amigo. Para ustedes ha muerto uno de los grandes de la literatura, pero para mí se ha ido uno de los mejores amigos que he tenido. Un amigo de cafés, de tés y de cigarrillos, de ratos muertos, de silencios y de largas conversaciones, de sobreentendidos y de llamadas telefónicas”.

En realidad este último párrafo fue el que terminó de entristecerme. Ya lo había dicho antes, a Bolaño no lo conocí antes de su muerte, hace unos tres años, pero es como si sí lo hubiera conocido y como si apenas el día de hoy me hubiera enterado de su muerte y sintiera su ausencia con mucho pesar.

Tengo ganas de ir al café “La Habana”, del que tanto habla en el libro que leo. Curioso, nunca frecuente realmente ese lugar. En la secu, ya había oído hablar de él, que iban puros escritores y que era muy buen café el de ahí. En la prepa ya pude visitarlo, pero no vi realmente a nadie conocido.

El café sí era bueno, pero había puro viejito y a los 18 años no muchas amistades se sentían a gusto en un lugar así, por eso iba solo la mayoría de las veces. Me tomaba un capuchino y estaba atento de la gente que entraba y salía. No me gustaba ir por la noche, más que nada por la zona, así que llegaba entre las 5 y las 6, me quedaba una hora cuando mucho y luego me iba caminando a la colonia Roma, que sí me parecía más nocturna.

Aún ahora llego a ir a caminar a la Roma, de vez en cuando, pero a Bucareli no. Iré un día de estos, a ver qué pasa. Capaz que los viejitos ya no me parecen tan viejitos y a lo mejor ahora sí me encuentro a algún conocido. A Bolaño ya no, ni modos.

jueves, septiembre 14, 2006

Que se termine septiembre (y de una vez octubre)

Chales, resulta que nunca hago planes y cuando los hago no me salen.

Espero
que la espera
se termine
pronto
ya
...

Eso de "renacer" (porque eso me pasa cuando un problema grande me tira y después logro reponerme) en realidad nunca me había desagradado demasiado. Pero ahora sí me desespera la transición.

En fin, algo bueno tendrá que resultar de este momento tan largo y doloroso (eso deseo).

Ya. Menos mal que no mucha gente se asoma por aquí. Quisiera contar más, pero también quiero olvidar y si empiezo a contar será más difícil olvidar.

Ya no diré más, sólo que el siguiente post tendrá que ser más optimista. Se puede hablar de películas o de conciertos o hacer una lista de las 10 cosas más intrascendentes que se me ocurran.

No, hoy no es mi día. De plano. Penosas incoherencias las que escribo.

Adiós lector anónimo (sí, tienes razón, hay cosas mejores en otros blogs, mejor regresa luego).

¡Qué patético que estoy!

miércoles, agosto 30, 2006

Teresa

Lo siguiente es un texto de hace como tres años. Lo encontré en una libreta de entonces y en estos días lo pasé en limpio en Word. Desde entonces pensé subirlo, pero se me olvidó o no tuve tiempo.
Nada, que ya lo superé, pero al releerlo me acordé de esos días con una sonrisa.
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Teresa

I
¿Cómo me siento? Como si estuviera en una isla, como si hubiera naufragado y en estos momentos me encontrara en la playa, a la orilla, con mucho frío y dolor de cabeza; con la ropa mojada, sin zapatos, sin ninguna pertenencia.

No tengo claro si amanece o anochece, pero a mi alrededor todo parece tranquilo. Y sin embargo no me siento a gusto. Se supone que me salvé de un naufragio y que llegué a lugar seguro, que no hay tormentas ni riesgo de morir ahogado en medio del mar.

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Ahora siento dolor y ya no quiero continuar la metáfora de la isla. Ahora me siento como en el fondo de una caverna. No hay mucha luz y es difícil saber si el camino, o mejor dicho los caminos, llevan a la salida o hacia un lugar más profundo de la cueva.

Cada paso es una decisión y cada bifurcación una alternativa, no necesariamente la mejor. De todas formas no hay manera de saberlo, no queda sino seguir caminando y tratar de no pensar en lo que pudo haber en los otros caminos. A lo lejos se ve una luz, pero bajo tierra también pueden existir los espejismos.

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No he dormido y quién sabe cuándo vuelva a hacerlo; pero no hace falta, excepto porque me siento cansado. En la soledad, pensar es casi como soñar, o más peligroso inclusive. Primero parece como si todo estuviera más claro, hasta que te das cuenta de que no es así, de que todo es confuso, de que las reglas del juego no se respetan o en todo caso no te favorecen.

El cansancio que tengo es físico, pero por el desvelo y por no saber dónde me encuentro mis sentidos permanecen en estado de alerta. Mi mente se acelera, piensa mucho, muchas veces, tantas cosas, demasiado. Gira como si le pagaran horas extra, a destajo maquila pensamientos, los cose como pedazos de tela.

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En dos semanas un naufragio, un encierro en la cueva, unas cuantas horas de descanso y el cerebro a todo vapor.

II
Extraño a Tere. En dos semanas descubrí que pienso mucho en ella. Ahora no la voy a ver y cada vez irá desapareciendo su huella. Lo doloroso es que apenas me di cuenta, que me di cuenta en el momento en que el barco zarpaba. Tal vez no es así. Tal vez lo doloroso es que el barco zarpa y que no hubo un amor en ese puerto, que hace tantos puertos no hay un amor. A lo mejor es eso, que Tere era lo que más se acercaba a inspirarme un enamoramiento y ahora que no tengo de quién despedirme quisiera imaginarme que de ella lo pude haber hecho.

De todas formas, el resultado es el mismo. El dolor existe, ya está y algo lo provoca. Si ya estaba enamorado de Tere, qué estúpido es darme cuenta hasta ahora. Si no lo estaba, qué triste es saber que hoy considero esa posibilidad, justo cuando el barco zarpó.

Por lo pronto, también es un hecho que la extraño. Bueno, yo suelo extrañar con mucha facilidad, ese sentimiento es moneda de uso corriente para mí. La extraño tanto, como subir las escaleras hasta el quinto piso o como leer el periódico a las 9 de la mañana. Extraño la música que me compartía, saber que estaba en el asiento de al lado, los dulces que me guardaba. Extraño y siempre me va a hacer falta platicar como lo hacía con ella, su plática inteligente -¿quién en estos tiempos tiene opiniones propias y no máscaras de pretensiones eruditas?-.

Tere es auténtica y de eso sí me di cuenta muy pronto. Me atrevía a hablar con ella, porque creo que me entendía, y estaba dispuesto a escucharla porque aprendía de su forma de ver las cosas. Me fastidian los repetidores, los que están a la moda hasta en sus temas de conversación. Con ella podía platicar de lo que nunca estará a la moda.

Realmente no fuimos ni amigos. Creo que le caía bien, tal vez le parecía un bicho raro. Así somos algunos: a fuerza de no ser comunes, damos curiosidad. Pero la amistad requiere confianza, tiempos, que los hubo pero en un sentido limitado. Eso fue entendible, por las circunstancias. De hecho, la incipiente amistad surgió casi a contracorriente. En lo que a mí respecta, sí tenía intenciones de ser su amigo. Algo logré y me siento satisfecho. Al menos en ese tema me salen mejor las cosas.

Pero presiento que ya todo acabó, que lo que hubo fue todo y que no habrá nada más, ni chocolates, ni música pensada para mí, ni nada que se le parezca; esas cosas que no dicen nada, pero que para mí significan mucho. Eso es todo lo que me queda, pero ni siquiera eso me queda.

Fénix 36

viernes, diciembre 09, 2005

Canción de Guillotina

Hace tiempo que quería subir esta canción. Hoy que estoy aburrido es buen momento para hacerlo, porque los viernes me deprimo con facilidad y esta vez no es la excepción, así que en vez de dejar que se me baje la pila, cantaré con todo el despecho de que hoy soy posible:

"Eres peor que nadie para mí. Ni te sigo ni te admiro, Sólo río de ti... " y "Si esta es tu forma de hacerme pensar que te importo no quiero saber cuando no sea así"...

jajaja, ni al caso, en fin, a veces hace falta insultar a alguien, así que qué mas da.

Presa

Soy la presa fácil de atrapar,
Soy de quien siempre te puedes burlar.
Me has mentido, reprimido,
Ocultado en este lugar.
Soy el que ha dado todo,
Soy el que te admira sin preguntar.
Has perpetrado, aprovechado,
La inocencia y buena voluntad

Coro:
Si esta es tu forma de hacerme pensar que te importo no quiero saber cuando no sea así.
Si esta es tu forma de hacerme pensar que te importo no quiero saber cuando no sea así.

Fui la presa fácil de atrapar,
Fui de quien siempre te podías burlar.
Me mentiste, reprimiste,
Ocultaste en este lugar.

Coro.

Eres todo lo que odio,
Eres peor que nadie para mí.
Ni te sigo ni te admiro,
Sólo río de ti.

Coro.

lunes, enero 24, 2005

Sólo en las Películas

Sólo en las Películas

Hablaré de mí. Con incoherencias -es decir, sinceramente; es decir, sin mentiras-.

Esta noche caminé. Retorno a la colonia Roma, a la calle Álvaro Obregón y a la avenida Insurgentes. Llovía como antes. No llovía como diciendo que me mojé, más bien llovía lo necesario para decir que llovía sin incomodarme. Si un día logro irme, tal vez lo que extrañaré más serán estas caminatas nocturnas.

Oigo a Sabina: "El marido de mi madre, que en el último tren se largó, con una peluquera 20 años menor".

Ahora busco otra canción: "creció con su sueño y un día le dijo 'acabo de verte y ya sé que nací pa' casarme contigo'. 'Matilde mi vida, Matilde mi estrella'. Le dijo que 'sí, nos casamos, Antoine' y bailó para ella. 'Y abrázame fuerte, que no pueda respirar', tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo nunca más. (...) 'Te tengo, me tienes, quisiera morirme agarrado a tus pechos'. Y el amor es tan grande, tan sincero y sentido, que un día de lluvia Matilde acabó por tirarse en el río. 'Y abrázame fuerte, que no pueda respirar', tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo nunca más. (...) Mejor buenos recuerdos, que un pasado perdido; por eso un buen día Matilde acabó por tirarse en el río. Lo que fue tan hermoso, que no caiga al olvido, 'te estaré recordando, por siempre Matilde, que tú no te has ido'".

"El Marido de la Peluquera". Cuando la vi, por supuesto me impactó. Una película triste de amor. De la vida. Enamorarse de una peluquera. Ir a verla. Y luego, la peluquera -no sé si era pelirroja, pero en mi recuerdo es así- también queda enamorada. Una peluquera hermosa, esperando enamorarse (claro, es una película). No sólo se enamora, pierde la cabeza. Y luego, la peluquera hermosa (sus piernas, su cabello, sus manos, su piel blanca) tiene miedo de perderlo a él. Es feliz y tiene miedo porque no quiere dejar de ser feliz. Decide que su vida se termine, en lugar de su felicidad. Qué triste.

Pero la vida es otra cosa. En las películas, los finales tristes vienen después de un momento de felicidad. ¿Y qué cuando sabes que no hay peluqueras hermosas, que no se van a enamorar de ti, que no preferirán morir antes de que tu amor se les acabe? Tú no tendrás un final triste; no te lo mereces porque no estás dentro de una película.

No tendrás final triste, porque para eso tuviste que haber tenido un momento de felicidad inmensa. Tuviste que encontrar tu peluquera -hermosa y pelirroja, supongo-; si no, no vale. Entonces, olvídate del final triste y confórmate con tu vida simple.

O no te conformes, da igual, las cosas no serán de otra manera aunque quieras. Mejor llénate de trabajo, para hacer como que no pasa nada. Cuenta las semanas, habla de tu estrés, es mejor que echar de menos a una peluquera a la que no tienes derecho.

Si quieres felicidad, ve al cine y vela en la pantalla. Tampoco digas que estás triste. ¿Cómo puedes estar triste si no diste el paso previo?

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El viernes fui al cine. Lo mismo. Un tipo se enamora de Julia Roberts y hace que ella se enamore de él. Ah, pero antes, hizo que una desconocida también se enamorara de él. Peor aún, no lo hizo, sólo sucedió por coincidencia. Y también era pelirroja.

Ya saben: un accidente, él está casualmente cerca y la ayuda; ella lo ve y se enamora, hasta le dice "Hola, desconocido". ¿Cuándo una pelirroja te va a decir "Hola, desconocido" y se quedará contigo?

Luego, resulta que la pelirroja desconocida -hermosa, por supuesto- lo deja todo por ti. Y tú la cambias por Julia Roberts, quien por supuesto también te ama.

Eso no es todo: pierdes a Julia Roberts y sufres; pero recuperas a la pelirroja y, claro, para que la película sea triste, la vuelves a perder. Tristísima película; eso no te va a suceder.

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La película la vi con Betzabé. Ella es como de película -o sea, algo así no te va a suceder de verdad; sólo lo podrás ver en pantalla-. Eso qué. Ni al caso. No es lo que querías decir.

Otra vez: La película la vi con Betzabé. Me deseó suerte en la reunión de hoy. Le platiqué lo que quería que pasara. También le dije que podía no pasar. Ella me dijo: "sí, es posible que no pase". Es como si todos supieran que esas cosas a mí no me pasan. Yo no soy de película.

No pasó, claro. Lo único que pasó es que fui una buena persona. El eslabón que hace que pasen cosas buenas. "Gracias; ay, qué lindo; qué gran amigo".

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El hotel ya lo conocía. Alguna vez me pregunté si regresaría. Pensé que no. Habiendo tantos y habiendo mejores no era necesario arriesgarse a recordar. Además, nunca se había presentado una oportunidad.

La de hoy no fue una oportunidad -no, no lo fue, obvio-; fue un pretexto. El pretexto me excitó; un pretexto que olía a esperanza de oportunidad. "Esperanza de oportunidad", qué patético.

Regresé al hotel, pero no regresé a lo mismo; de hecho, ni siquiera a algo parecido. Entré más bien, pero no regresé. La habitación se me hizo conocida. Desde luego no el número del cuarto, ni el cobertor, ni las cortinas. Fue la ventana, más bien el edificio de enfrente, la calle, la esquina vista desde ese ángulo en particular.

En verdad creí que me bañaría en el jacuzzi, aunque no había razón para creerlo. Eso sólo pasa en las películas -quisiera pensar ahora-.

La verdad no pensaba en ella; ni me gusta, ni me interesa, pero olía a oportunidad. A oportunidad de estar yo, de sentir yo, aunque no fuera con una peluquera, ni pelirroja, ni hermosa; aunque no me quisiera, ni perdiera la cabeza por mí. Era usar la bañera para lo que se debe usar: para estar con alguien y que no importe nada de lo que suceda afuera del vapor y las burbujas, afuera de los cabellos rizados y la espalda mojada.

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Bajé las escaleras y salí. Solo. Así llegue de todas formas, aunque llegué con ella. No porque yo lo haya querido, sino porque ella no quiso otra cosa. Esto suena cada vez más familiar, aunque no pase en las películas. En fin, aquí debería estar diciendo otras cosas.

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Le llamé a Marcela. Necesitaba un café y necesitaba no estar solo. Si iba a terminar solo esta noche, quería que pareciera mi propia decisión. Podía ir a verla, tomar el café que necesitaba y despedirme para estar solo. Parecía más digno, al menos.

En el camino a su casa, me entristecí. Sin ver una película, me entristecí. No se quitó la vida una peluquera por mí, ni una pelirroja hermosa me abandonó; pero me entristecí.

Fuimos por mi café y me di cuenta que estaba muy sucio. Seguramente olía mal, después de andar de un lado para el otro todo el día. Aunque sea me hubiera bañado en el hotel, pero ni eso.

Hoy no me importó su vida. Sólo quería que me acompañara para tomar mi café y luego poder despedirme. Como no le dije nada, me dijo que “lo viviera”. “Vivir la tristeza” debe ser algo así como disfrutar la alegría o sufrir el dolor; ¿acaso hay opciones, se puede hacer alguna otra cosa?

Me despedí. Estaba lloviendo. Esa lluvia que mencionaba al principio. Caminé por esas calles tranquilas. Un par de calles después se fue la luz en toda la colonia o al menos en la parte en que me encontraba. Las gotas seguían cayendo amablemente. En Álvaro Obregón di vuelta hacia Insurgentes. Había gente en las calles, a pesar de la hora y de la llovizna.

Desde la preparatoria me gustan esas calles para caminar. Las descubrí porque iba al cineclub los martes, los miércoles y los jueves. Los miércoles las películas eran por el Parque Hundido; los otros dos días a unas cuadras de Reforma. Cuando terminaban las funciones, caminaba por Insurgentes hasta llegar al metro.

En cierta forma, crecí caminando por esas calles, tan cambiantes y tan siempre las mismas. Por mucho tiempo se volvió una rutina pasar por ahí antes de llegar a casa, aún si me encontraba en algún otro lado de la ciudad.

Caminaba sobre Insurgentes y también entre las calles de la Roma y la Condesa. A veces me detenía en los teléfonos públicos y hacía llamadas o las fingía. Había lugares por los que me gustaba pasar. Me preguntaba si alguien se daba cuenta de mi rutina, aunque no me preocupaba demasiado si alguien lo hacía.

Me gustaban las luces de los carros, los locales abiertos y los locales cerrados, la noche, la quietud ruidosa de esas horas. La gente. Había un señor extraño, delgado, de barba blanca y larga que siempre se paraba en la esquina del Sanborns y platicaba siempre con personas diferentes. Yo creía que era algo así como un pintor. No sé si siga ahí, pero no lo dudaría.

También las prostitutas; porque había prostitutas; mujeres, quiero decir, o eso creo, porque no me consta. Sólo me gustaba verlas; porque yo ya iba para mi casa en el momento en que ellas iban llegando. Siempre había varias en una misma calle y algunas me hablaban cuando pasaba cerca.

Yo veía películas españolas y francesas. Almodóvar, Bigas Luna, Patrice Leconte. Entonces Insurgentes y las prostitutas eran como otro pedazo de la película que podía ver estando ahí.

En esa época vi “El Marido de la Peluquera”, también “Las Edades de Lulú”, otras de Greenaway y Kieslowsky; descubrí a Juliette Binoche, que no necesitaba ser pelirroja. También leía, podía hacerlo más que ahora. Leí y vi en película “La Insoportable Levedad del Ser”. Las coincidencias. El vértigo. Teresa. La felicidad. El amor. La tristeza. Esas cosas del cine y las novelas.

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